wayuu rurales y migrantes

Antúshii Jía: cuando la escuela se convierte en firmamento de memoria y conocimiento

En septiembre de 2025, en la zona rural de Maicao, en La Guajira, una experiencia educativa y de investigación tomó forma desde el aula del grado décimo de la Institución Educativa Indígena N.º 2. Allí, 33 estudiantes wayuu —entre jóvenes de comunidades rurales y estudiantes migrantes— participaron en un proceso de exploración y documentación que buscó comprender cómo la palabra, el territorio y la memoria ancestral también son formas de escritura.

El trabajo, acompañado por el profesor Daniel Ospino Ochoa y vinculado a una investigación doctoral en escritura multimodal y análisis sociosemiótico desarrollada en la Universidad de La Salle, se materializó en un ejercicio de autoetnografía colectiva. El proyecto tomó como punto de partida una palabra que da la bienvenida a quien llega a la escuela: Antúshii Jía, expresión en wayuunaiki que evoca la idea de un cielo abierto donde el conocimiento se comparte y se protege.

Una escuela donde la escritura habita en todas partes

Desde el primer momento, la experiencia buscó observar la escuela no solo como un espacio de clases, sino como un territorio vivo de significados. Las paredes, los uniformes, los rituales, las conversaciones en wayuunaiki y español, los tejidos y los objetos cotidianos se convirtieron en textos culturales que cuentan historias sobre la comunidad.

En el ingreso a la institución, el ritual de la yonna, danza tradicional wayuu, marcó el inicio simbólico del encuentro. Para quienes participaron en el trabajo investigativo, ese gesto fue también una forma de escritura: una narración corporal que comunica identidad, historia y pertenencia.

Dentro de las aulas, otras formas de expresión ampliaban ese universo simbólico. Nubes de palabras, dibujos, referencias a mitos y prácticas culturales aparecían en las paredes, mientras que en los uniformes escolares se repetían patrones geométricos que recuerdan los diseños de las mochilas wayuu. Cada elemento formaba parte de una cartografía cultural que los estudiantes reconocen como propia.

Un proceso de investigación desde la comunidad

El proyecto buscó documentar y comprender cómo estas prácticas cotidianas —desde el tejido hasta el intercambio de cartas o la conversación entre generaciones— constituyen formas de escritura multimodal. En otras palabras, maneras de expresar conocimiento que no se limitan al texto escrito, sino que incluyen gestos, símbolos, objetos y prácticas culturales.

Durante el proceso, los estudiantes compartieron saberes sobre el tejido tradicional, mostraron cómo se transmiten estas técnicas entre generaciones y reflexionaron sobre el valor de su cultura en el contexto escolar. Las mochilas, los chinchorros y los hilos de colores no solo aparecieron como objetos artesanales, sino como portadores de memoria y lenguaje.

La investigación también registró momentos de intercambio con otras instituciones educativas, donde estudiantes de distintos contextos pudieron observar y dialogar con estas prácticas culturales a través de encuentros virtuales y actividades colaborativas.

Un firmamento de voces jóvenes

El grado décimo de La Campana, con sus 33 estudiantes, fue descrito dentro del proyecto como un “firmamento de estrellas”: jóvenes que aportan perspectivas distintas sobre su territorio, su identidad y sus experiencias de vida.

Entre ellos conviven estudiantes wayuu y jóvenes que llegaron desde Venezuela junto a sus familias. Esa diversidad también forma parte del relato de la comunidad escolar, donde las historias de migración, las tradiciones locales y los desafíos cotidianos —como la escasez de agua en la región— aparecen de manera natural en las conversaciones y producciones de los estudiantes.

En este contexto, la escuela se convierte en un espacio donde esas realidades se narran, se comparten y se transforman en conocimiento.

Un proyecto más amplio que continúa creciendo

El documental y la autoetnografía presentados forman solo una pequeña ventana hacia un proceso investigativo mucho más amplio que busca comprender cómo las comunidades escolares construyen conocimiento a través de múltiples lenguajes.

Más que ofrecer respuestas cerradas, el proyecto invita a mirar con mayor atención las formas en que estudiantes y docentes crean significado en su vida cotidiana: en el tejido, en la palabra, en los rituales, en las conversaciones y en los encuentros entre territorios.

Desde La Campana, bajo el cielo abierto de Antúshii Jía, la experiencia recuerda que la educación también puede ser un espacio donde la memoria cultural, la investigación y la vida comunitaria se entrelazan para seguir escribiendo nuevas historias.

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