Una mirada investigativa al Semillero UCTIKRAY del Colegio Unión Colombia IED
En un aula del Colegio Unión Colombia IED, en la localidad de Usaquén, la idea de “escribir” adquiere un significado distinto. Allí, los cuadernos conviven con piezas LEGO, sensores, cables y pantallas donde el lenguaje que aparece no es únicamente el de las palabras, sino también el del código.
Ese escenario fue el punto de partida para una experiencia documentada dentro de una investigación doctoral en escritura multimodal y análisis sociosemiótico, vinculada a la Universidad de La Salle. El trabajo se centró en el Semillero UCTIKRAY —Innovación Pedagógica al Alcance del Aula—, una comunidad de estudiantes y docentes que ha construido, desde 2019, un espacio donde aprender también significa programar, experimentar y colaborar.
El robot como texto, el código como lenguaje
La investigación se acercó al semillero desde una pregunta poco habitual en el mundo escolar: ¿puede el código ser una forma de escritura?
Las sesiones observadas muestran que, para estos estudiantes, programar no es solo una habilidad técnica. Es un proceso creativo donde intervienen cálculos, decisiones, gestos, explicaciones y pruebas constantes. Cuando un robot avanza, gira o se detiene frente a un obstáculo, lo hace porque alguien escribió una secuencia de instrucciones que traduce ideas en movimiento.
En ese sentido, cada robot construido por el grupo puede leerse como un texto en acción: una combinación de código Python, sensores, diseño mecánico y pensamiento matemático que cobra vida en la pista de competencia.
Una investigación que también aprende
El documental que surge de este proceso no se limita a registrar la actividad del semillero. Su propósito es mostrar cómo estas prácticas constituyen un tipo de escritura multimodal donde convergen diferentes lenguajes.
Durante el trabajo de campo, la investigadora se encontró frente a una comunidad que desafía los roles tradicionales entre quien observa y quien aprende. Mientras documentaba las prácticas del grupo, también debía comprender conceptos de programación, algoritmos y sensores que forman parte del día a día de los estudiantes.
Ese intercambio constante convirtió el proceso investigativo en un diálogo. La observación se transformó en participación, y la pregunta sobre cómo se escribe en la escuela se amplió hacia un territorio donde el código también comunica, explica y construye conocimiento.
Un semillero que cruza disciplinas
El origen del semillero explica parte de su carácter innovador. Fue creado por dos docentes de áreas distintas: Carlos Ardila, profesor de artes, y Diana Rozo, profesora de ciencias naturales. Desde el comienzo, el proyecto se planteó como un espacio de convergencia entre disciplinas que normalmente la escuela separa.
Hoy el grupo reúne estudiantes de distintos grados —noveno, décimo y undécimo— junto con egresados que continúan vinculados al proceso. Esta mezcla generacional permite que el conocimiento circule dentro del propio semillero: quienes llevan más tiempo enseñan a quienes llegan por primera vez.
En esa transmisión se encuentra uno de los elementos más valiosos del proyecto. Los saberes acumulados en años de participación no desaparecen cuando un estudiante se gradúa; se transforman en aprendizaje compartido.
Innovar desde el aula
El trabajo investigativo muestra que el impacto de UCTIKRAY no depende únicamente de la tecnología que utiliza. Su valor está en la forma en que integra distintos modos de aprender: el lenguaje verbal de las explicaciones, el lenguaje matemático de los cálculos, el lenguaje técnico del código y el lenguaje corporal de quienes construyen y prueban los robots.
En cada sesión, los estudiantes escriben de múltiples maneras: programando, diagramando, explicando a sus compañeros o ajustando algoritmos hasta que el robot logre ejecutar el movimiento esperado.
Un proyecto que sigue en construcción
El documental y la autoetnografía desarrollados dentro de esta investigación apenas muestran una parte de un proceso educativo más amplio que continúa evolucionando en el semillero.
UCTIKRAY demuestra que la innovación pedagógica puede surgir en espacios sencillos: un aula abierta los sábados, docentes dispuestos a cruzar disciplinas y estudiantes que encuentran en la robótica un lenguaje para explorar el mundo.
Cuando el robot finalmente se detiene exactamente a cinco centímetros de un obstáculo, el logro no está solo en la máquina. Está en quienes aprendieron a escribir con el código, a pensar colectivamente y a transformar la curiosidad en conocimiento compartido.
Ese es el horizonte que este proyecto investigativo busca visibilizar: una escuela donde programar, crear y aprender son parte de la misma historia que aún se sigue escribiendo.

